Lo mejor del viento

no hay forma correcta

Hoy me he levantado pronto, contenta. He quedado con mis amigos para algo, no importa qué. Me doy cuenta de que tengo la cabeza completamente comida: a veces aflora, casi inconsciente, un extraño perfeccionismo que me hace preguntarme si toda acción que realizo es buena o mala. Pero no hay forma correcta de hacerse el desayuno, cállate. Compruebo si llevo las llaves y me dirijo a la parada de autobús.

Una lección que sí que he aprendido

Recuerdo que, hace unos años, toda decisión para mí era absolutamente trascendente. Me envolvía una angustia paralizadora y era incapaz de pensar en cualquier otra cosa: trataba de imaginar qué implicarían los caminos disponibles ante mí, elaboraba enormes listas de pros y contras, lo hablaba con cualquier persona desafortunada que se cruzase en mi camino, soñaba con ello y cambiaba mis preferencias continuamente. Vivía sola y exclusivamente para la decisión.

digo (pero no mucho)

Hace unos días dediqué unas cinco horas a borrar aproximadamente el 98% de las fotos de mi galería (que, por algún motivo, comienza en 2014; no existe registro digital que acredite mi existencia no-vampírica antes de cumplir los quince años. Mi yo de esa época estaría contenta).

escenas

i.

una vez encontré en un reel el comentario de un conocido diciéndole a una chica que si tenía algo de barriga no era porque su útero ocupase espacio, sino porque estaba «rellenita». pero que no pasaba nada; él también tenía algo de «chichita».

en el bus

Llevo viviendo en este mundo veinticuatro años, así que evidentemente me cabrean sus estupideces. Pero que también tenga uqe pasar por ellas mi hermana me cabrea muchísimo más. Sé que son «eventos canónicos», que hay algunas hostias que una tiene que llevarse si quiere adaptarse a cómo funcionan las cosas en la «vida real». Pero ¿por qué tienen que funcionar así?

del sonido

«—Hay distintos grados de silencio, pero ninguno de ellos absoluto. ¿Que cuál es mi favorito?

despedidas

Una vez más, se encontraba delante de aquel vehículo. ¿Avión, barco, metro, bicicleta, máquina de vapor? ¡Qué importaba! Seguía siendo lo mismo desde el otro lado.

IV. Celeste desde Sofía (o viceversa)

Son las siete y media de la tarde cuando llega el metro a mi parada. El vagón se encuentra prácticamente vacío y no me extraña: acaba de comenzar la reducida franja horaria en la que el calor del verano puede tolerarse. Sonrío al imaginarme el desparrame vital sobre las calles de la ciudad; una ardiente manifestación de la consonancia humana, que con sus risas, gritos, pisadas y palabras conforma el desafinado ruido que la multitud emana.

III. Américo, circunspecto y constante

¿Qué porcentaje del universo desconocemos desconocer, frente al que creemos conocer y, sorprendentemente, conocemos? Somos una minúscula gota de polvo en nuestras ciudades, átomos planetarios, contradicciones andantes. Existimos de forma indolente: inapreciables e irrelevantes a gran escala, molestos e inútiles para nuestros semejantes. Pese a todo, ignoramos los porqués hasta en el ámbito más cercano.

II. tamaños y formas

Gregorio había nacido en una casa minúscula, diminuta; fragorosa e inconveniente; desaliñada, pero eternamente impoluta, pues no había espacio ni para femtoscópicas pelusas. Palabras superpuestas, silencios meditabundos y ausentes, olores públicos. Todo un fenómeno físico: nunca se había visto más vida por centímetro cúbico.

I. Julia o el retorno sin partida

No existía persona en el mundo a la que Julia no encandilase. Todos los que la trataban quedaban prendados de ella.

—¡Pero qué maja, qué noble, esta muchacha! —exclamaban tras verla.

[Despedidas] I, II y III

i.

Nunca me costó decir adiós, hasta nunca o hasta luego. Porque cada vez que marcho de un lugar, lo hago con destino a otro. Abandonamos lugares, pero no el mundo; nos despedimos de personas, pero nunca de nosotros mismos. Y el resto no importa.