Una vez más, se encontraba delante de aquel vehículo. ¿Avión, barco, metro, bicicleta, máquina de vapor? ¡Qué importaba! Seguía siendo lo mismo desde el otro lado.
Las dos caras de una misma moneda. Uno de ellos continuaba su viaje. Tras un apretón de manos, un beso o un abrazo, se introducía en el medio de transporte oportuno. El otro comenzaba siendo un mero espectador. Observaba el movimiento sin formar parte de él. Lo que antes se encontraba unido, ahora se aleja. Y él quieto, muy quieto. Incluso cuando regresa siente la ausencia: ¿ha existido desplazamiento, si uno vuelve a la posición de partida?
Su viaje ha terminado antes de empezar, pero la situación no es la misma. Su casa no es la misma. Ni siquiera las sábanas huelen igual. Entonces entiende que, si no puede volver a lo que antes era, también ha avanzado. ¿Por qué cuesta, entonces, tanto?
«Esta vez quería estar al lado de los más fuertes, al lado de los que se marchan».
— Peter Stamm, En jardines ajenos.