Son las siete y media de la tarde cuando llega el metro a mi parada. El vagón se encuentra prácticamente vacío y no me extraña: acaba de comenzar la reducida franja horaria en la que el calor del verano puede tolerarse. Sonrío al imaginarme el desparrame vital sobre las calles de la ciudad; una ardiente manifestación de la consonancia humana, que con sus risas, gritos, pisadas y palabras conforma el desafinado ruido que la multitud emana.
Las paradas se suceden con una rapidez que percibo hasta violenta. ¡Dejad de robar mi tiempo! Recuerdo inesperadamente que fue en una de ellas donde nos vimos por primera vez, hace más de dos años. Entonces te despediste con un ademán desganado, como si la certeza de que pronto volveríamos a vernos desconviniera un gesto más cuidado.
Antes aseguraba haberte conocido justo cuando fue necesario. Me encontraba en un momento caracterizado por El Cambio: había decidido romper todos los muros inconexos que me habían impuesto, atreviéndome a mirar -por primera vez en mi vida- por encima de ellos, y lo desconocido me tentaba de una forma considerable. Quería redescubrir el mundo y qué mejor para ello que tus ideas.
No había oído de ti cosas buenas. Quienes habían tratado contigo te consideraban una persona alejada de lo convencional, de lo comprensible, de lo adecuado: «¡es demasiado ruidosa!», «¡es demasiado despreocupada e intensa!», «¡es demasiado brusca, destartalada; me da vergüenza que me vean con ella!». Por compasión o por curiosidad, comencé a interesarme en ti, encontrando tu desenfrenada autenticidad verdaderamente encantadora.
Quizás desde un excesivo paternalismo -de ello ahora me doy cuenta- comencé a introducirte en mi redefinida realidad, a hacerte partícipe de mis inquietudes e ideales, a querer conocer tu forma de percibir todo aquello que te rodeaba. Aunque me doliera y me siga doliendo, tengo que reconocer que desde el principio comprendí aquel rechazo que frecuentemente causabas. Ponías excesivo empeño en diferenciarte de los demás; odiabas con demasiada fuerza lo ordinario: ¡eras tú la que había comenzado la guerra y no parecías darte cuenta! Sin embargo, esta faceta tuya no me molestó nunca. Pese a tus errores, pese a tus sinsentidos, no dejabas de fascinarme. De una forma consciente y abatida, siempre deseé amarte.
Pero mi deseo nunca se vio satisfecho y llegó un punto en el que no pudiste sino recriminármelo. Considerabas que había estado jugando contigo todo este tiempo. No con mi actitud, no con mis palabras: con mi propia personalidad. ¡Cómo había podido ser tan perfecta para ti y, aun así, no querer nada más! Estabas segura de que yo también me había dado cuenta.
Entonces y, muy a mi pesar, comenzaste a cambiar. Quizás con la intención de romper nuestra perfecta sincronía, quizás para no poder reprobarme nada. Pero, para romper tu dolor, me rompiste. Abandonaste tu amabilidad y comenzaste a tratarme como si no fuera más que otra cosa ordinaria, como si me estuvieras haciendo un favor simplemente por seguir manteniendo el contacto. En ese momento consideré que no podía molestarme contigo.
Con el paso del tiempo, nos fuimos alejando. Yo dejé de desear quererte. Dejé de echármelo en cara. Pero nunca dejé de guardarte un profundo cariño, pues quizás solo nos faltaba madurar. Quizás, después de todo, no se tratase del momento adecuado.
Seguramente no vuelva a acordarme de ti hasta dentro de varios años, pero espero que los que permanecen a tu alrededor te tengan presente con la desorbitada intensidad que te mereces. Que las personas como tú, inadecuadamente auténticas, no terminen nunca olvidándose. ¡Que nunca desaparezcan!