Lo mejor del viento

III. Américo, circunspecto y constante

¿Qué porcentaje del universo desconocemos desconocer, frente al que creemos conocer y, sorprendentemente, conocemos? Somos una minúscula gota de polvo en nuestras ciudades, átomos planetarios, contradicciones andantes. Existimos de forma indolente: inapreciables e irrelevantes a gran escala, molestos e inútiles para nuestros semejantes. Pese a todo, ignoramos los porqués hasta en el ámbito más cercano.

El misterio de lo humano: aunque inmediato, inescrutable. Un complejo enigma que se ha tratado de descifrar durante largos años y cortas vidas. Pero la existencia es mucho más que una incógnita: es incesable movimiento. Pasan los coches, pasan las ciudades, pasa el tiempo. Todos formamos parte de la misma vorágine, repleta de acciones, repleta de historias, repleta de vida. Son muchas nuestras diferencias, algunas de ellas irreconciliables, pero minúsculas en la distancia. ¿Serían capaces de diferenciarnos los habitantes de otra galaxia?

Todos perfectamente imperfectos; llenos de contradicciones e hipocresía, duda y miedo, muerte y vida; en búsqueda de una felicidad idealizada y en ocasiones problemática, en búsqueda de propósito y sentido. No se pueden establecer jerarquías en la fugacidad y el tránsito: nos limitamos a tratar de encauzar los segundos impautados que se nos han dado sin premeditación ni reclamo.

No se pueden establecer jerarquías, pero una cosa sí está clara: Américo era un hombre superior a la media.

En los días buenos era capaz de lograr lo completamente impensable por el resto de los mortales. Se levantaba cuando el Sol todavía jugaba al escondite, se preparaba el desayuno y salía de la casa con la firme pretensión de no volver hasta haber hecho del mundo un lugar mejor. Nunca había incumplido su propósito.

Sin embargo, es importante remarcar aquello de días buenos. Américo era una persona metódica, prudente y, en ocasiones, demasiado mecánica. Consideraba que los principios eran lo más importante. Nunca temió las hojas en blanco, pero se preparaba durante horas antes de atreverse a escribir la primera palabra. Equiparaba las primeras horas de sus días a los axiomas lógicos: ¿de qué sirve un buen razonamiento si se ha partido de premisas falsas? Si uno comenzaba con buen pie, el resto de acciones sucedían con una alegre inercia. Para vencer al dragón lo más importante no es el entrenamiento previo (que no despreciaba en ningún momento), sino un preciso despertar: con la alarma en minuto primo; apoyando primero en el suelo el pie contrario al día anterior; abrir primero la ventana derecha, luego la izquierda; poner música alegre, pero algo ausente; vestirse con la ropa elegida la noche anterior, y hacer la cama. Rutina simple, pero completamente necesaria.

En ocasiones, sin embargo, esto no le era posible. Hoy, por ejemplo, se había despertado algo antes de lo planeado. Miró la hora en su teléfono móvil: las seis y cuarenta y dos. ¿Pero qué clase de momento era aquel para desvelarse. Una burla de la realidad. Salió de la cama molesto, sin siquiera reparar qué pie apoyaba en el suelo primero.

Sorprendentemente, hoy no le importaba. INtentó forzarse a cumplir con los elementos de su lista: «Américo, por favor -se dijo- no continúes por ese camino. Sabes perfectamente a lo que te lleva: a la desgana y la apatía, ¡terminarás desperdiciando todo el día! ¡Américo, te lo ruego! No te hagas esto». Sin embargo, no se encontraba con el ánimo adecuado como para que aquello le apenase. Se dirigió directamente a la cocina, autocompadeciéndose. ¡Qué estúpido, qué tonto era! ¡Qué mal no poder hacer nada para remediarlo! Eran las 7:03 cuando terminó de prepararse las tortitas que desayunaría aquella mañana y ya sabía que no haría nada provechoso aquel día. Mañana sería un día completamente distinto. Ya continuaría entonces arreglando el mundo (y así lo hizo).

Américo era un hombre verdaderamente admirable, pero en ocasiones fallaba. La reafirmación de su condición humana.