Lo mejor del viento

II. tamaños y formas

Gregorio había nacido en una casa minúscula, diminuta; fragorosa e inconveniente; desaliñada, pero eternamente impoluta, pues no había espacio ni para femtoscópicas pelusas. Palabras superpuestas, silencios meditabundos y ausentes, olores públicos. Todo un fenómeno físico: nunca se había visto más vida por centímetro cúbico.

Creció en una masa abigarrada y estridente, que aun así permanecía unida como amalgama inalterable: cuando quiso darse cuenta, ya le habían construido. No había tiempo para crear mentiras, pero tampoco verdades; así vivían en un presente ficticio y diletante, alejado del mundo ajeno, pero creando otro igual de incompleto e inconsistente. Gregorio callaba y reía, callaba y amaba, callaba y soñaba con su futura huida.

La primera decisión que tomó por sí mismo fue la independencia: marchó, mucho más joven que otros, con tan solo sus recuerdos y un par de calcetines. Perdió la cuenta de todos los caminos que había recorrido en su intento de distanciarse de la amabilidad y de la tormenta. Buscó el silencio, el más puro silencio, pues solo entonces oiría su propia voz, que durante tanto tiempo había permanecido poderosamente unida a la de los demás.

Gregorio murió en una casa gigantesca, encopetada; espaciosa y desguarnecida; metódica, pero eternamente descuidada, pues no tenía tiempo —ni personas— para mantenerla. Soledades polifacéticas, incesantes apatía e indolencia, individualidad extendidad. Todo un logro, verdaderamente: se extinguió habiendo cumplido su más íntimo sueño.