Lo mejor del viento

I. Julia o el retorno sin partida

No existía persona en el mundo a la que Julia no encandilase. Todos los que la trataban quedaban prendados de ella.

—¡Pero qué maja, qué noble, esta muchacha! —exclamaban tras verla.

Debemos reconocer que sus sentimientos estaban más que justificados, pues era Julia verdaderamente estupenda. Tenía un corazón de oro, manos de maquinista y frente de arquitecta. No conocía la respuesta a casi ningún interrogante, pero al menos no pretendía hacerlo. Era valiente, paciente y jugadora de parchís experta. Enemiga de sus enemigos, hija de sus padres y muy buena cocinera. No se había visto nunca a nadie con una sonrisa más alegre y más sincera.

Ahora podemos verla regresando de hacer las compras de la semana. Es incapaz de no saludar a todas las personas con las que se encuentra: es amiga de casi todas y, siendo tan pocas las que desconoce, teme que piensen que no respeta las minorías. Se encuentra con un primo tercero que decide, muy resuelto, ir a entablar conversación con ella:

—¡Pero bueno, Julia! —la saluda—. ¿Cómo tú por aquí?

—Lo mismo que tú por allí, supongo.

—¡Pero qué maja, qué noble, esta muchacha!

Continúa Julia su camino, un tanto cansada. Cuando llega a casa, coloca la compra y se enfranca en la escritura de su última novela. Apaga el móvil para que no la molesten y poder concentrarse en la tarea. Mientras teclea rápidamente, no puede evitar distraerse: mira al cielo, pensativa, e imagina lo bonito que sería que cuando ella terminase de trabajar alguien le hubiera preparado croquetas.