i.
Nunca me costó decir adiós, hasta nunca o hasta luego. Porque cada vez que marcho de un lugar, lo hago con destino a otro. Abandonamos lugares, pero no el mundo; nos despedimos de personas, pero nunca de nosotros mismos. Y el resto no importa.
Tratar de abarcarlo todo es una insensatez; pero conformarnos con poco, un peligro.
Siempre nos quedará el cálido recuerdo, cada vez más parcial y distorsionado. Hasta que llegue un día en el que una fotogafía, un perfume, el sonido de un nombre, ciertos colores y formas, traigan consigo una carga invisible capaz de hacernos recordar, en un segundo, cientos de horas.
No me cuesta decir adiós cuando siempre puedo volver atrás (aunque sea en mi cabeza). No me cuesta despedirme cuando, allá donde vaya, prosiga la música.
ii.
Me encuentro paseando por calles que hace tiempo que dejaron de ser mías. ¿Cómo puedo ser yo en ellas si verdaderamente no estoy? Disfrazada en el pasado permanezco escondida.
¿Cómo puede ser que en esta extraña inexistencia me encuentre más viva que nunca? ¿Cómo puedo encontrar en el vacío algo parecido a un hogar, aunque nunca lo haya sido? Quizás ayudó nunca tomar una fotografía.
Cambio el pasado porque así cambia el presente, porque soy exactamente la persona que terminará en convertirse en quien quiero ser, porque nunca hubo pilar más fuerte que todas las mentiras.
Porque quizás hay más verdad de lo que recuerdo. Porque quizás estas calles sí son mías.
iii.
Hoy te echo de menos, con tus calles estrechas y empedradas, con tus plazas minúsculas y con tus estúpidas cuestas. Hoy te echo de menos por la gente de la que me apartas.
Quizás lo que me hace falta es sentir en cada esquina el recuerdo: la extendida marca de mis vivencias que te hizo más mía, que me hizo más tuya.
Hoy te echo de menos, pero no quiero que regreses. Necesito saber que sigo siendo yo, aunque me deba a ti en parte. Necesito recorrer mundo antes de volver a tus brazos, hasta el punto de que me dejes de importar y no regrese. Porque prefiero olvidarte a no abandonarte nunca.
Me gustaría poder darte las gracias. Aunque no escuches, aunque no te las merezcas. Prefiero hacerte partícipe de una felicidad de la que nunca tuviste culpa, porque solo así puedo recordarla.