Lo mejor del viento

no hay forma correcta

Hoy me he levantado pronto, contenta. He quedado con mis amigos para algo, no importa qué. Me doy cuenta de que tengo la cabeza completamente comida: a veces aflora, casi inconsciente, un extraño perfeccionismo que me hace preguntarme si toda acción que realizo es buena o mala. Pero no hay forma correcta de hacerse el desayuno, cállate. Compruebo si llevo las llaves y me dirijo a la parada de autobús.

Ahora vivo en las afueras. Nunca antes lo había hecho: durante mucho tiempo viví en un pueblo tan pequeño en el que ni siquiera existía ese concepto y, durante la universidad, compartí piso en habitaciones a las que nada le pillaba demasiado lejos. Pero ahora vivo un-poco-lejos-de-todo, en un barrio de cuatro calles donde no hay mucho que hacer (por eso puedo permitirme el alquiler). Y cada vez que cojo un bus para ir al centro me siento como en Animal Crossing: Let’s Go to the City.

Así que, sorprendentemente, he acabado cumpliendo uno de los deseos más recurrentes de mi infancia: vivir como en ese videojuego. Aunque no del todo. No tengo una casa en propiedad; eso puede que nunca llegue. Tom Nook, por favor, dame una hipoteca razonable. Te venderé todas las manzanas que haga falta. Aunque a veces pienso que la casa de mi casera es más mía que suya1: yo soy la que está viviendo allí, la que invita a gente a casa, la que trabaja, la que duerme, la que llora, la que baila. Pero sé que no es cierto, porque algún día marcharé de ella para no regresar.

Ya en autobús, pienso que aunque vivamos en un mundo en el que no hay siempre una forma correcta de hacer las cosas, siento que mis amigos sorprendentemente encuentran la manera de hacerlas todas bien. No lo digo desde una perspectiva idealizada, obviamente se equivocan. Pero siento que sus equivocaciones son las mejores posibles. Querer es un sentimiento muy bonito. Puedo llegar a entender a la gente que, desde la embriaguez que produce, llegue a defender estupideces como que priorizar a tu pareja cisheterosexual-monógama es revolucionario. Porque yo, cuando pienso en lo mucho que quiero a la gente, de verdad que me siento capaz de todo. Así fue, de hecho, cómo conseguí hacer mi primera dominada.

El otro día una conocida nos dijo que hacíamos mucho drama en nuestro grupo de amigos cuando uno de nosotros se iba una temporada. ”Son solo tres semanas sin verlo”. Sí, ya lo sé. Y a veces son dos meses, no pasa nada. Pero son personas a las que quiero activamente en mi vida, me parece más raro fingir que su ausencia no importa. Creo que hemos asumido que solo hay determinadas relaciones cuya distancia merece una despedida solemne.

En Dónde estás, mundo bello, Sally Rooney se pregunta cómo es posible ver belleza en el mundo teniendo en cuenta el estado actual de las cosas. En una escena, una de sus protagonistas se siente culpable porque, incluso reconociéndose como una de las personas más privilegiadas del planeta, es incapaz de disfrutar su vida. Aunque me gustó el libro, tengo que reconocer que parto justo de la premisa contraria: ¿cómo soy capaz de disfrutar continuamente en un mundo tan oscuro? ¿Cómo puedo dejar de sentirme culpable por, pese a todo, ser tan feliz?

Supongo que me ayudaría creer en la meritocracia. A partir de ahí, quizás no me sería demasiado complicado creer que merezco todo lo que tengo (¿pero, más que otros? ¿por qué alguien no merecería lo básico? ¿qué es lo básico?). Al fin y al cabo, sí que es cierto que me he esforzado mucho (¿pero, más que otros? ¿no nos esforzamos todos, en alguna medida? ¿por qué tenemos que esforzarnos?). Pero luego pienso que es igual de problemático que desear ser religioso. Cerrar los ojos quizás hace que no veamos algunas cosas, pero terminaremos chocando con ellas igual.

Hoy he quedado con mis amigos y soy perfectamente consciente de que esto no se va a poder repetir indefinidamente. Algunos de ellos están ya pensando irse, otros acabarán haciéndolo. Yo misma me iré; después del doctorado no hay demasiadas formas de quedarse aquí (ni siquiera creo querer hacerlo). Fantaseo con volver a encontrarnos todos en alguna otra ciudad, a ser posible menos gentrificada. No creo que esto sea infantil, estoy cansada de que nos convenzan de que querer vivir cerca de la gente a la que queremos es una aspiración ingenua. No hay forma correcta de habitar el mundo.

No sé muy bien qué será de mí en algunos años. Puede que llegue un momento en el que también me pregunte dónde está ese mundo bello que ahora todavía consigo ver.

Pero he aprendido que el futuro no existe, así que ya se verá.

  1. Por si acaso este texto termina cayendo en los ojos equivocados: no te preocupes, sé que legalmente es tuya. No te la voy a okupar. No voy a colgar ningún cuadro.