Recuerdo que, hace unos años, toda decisión para mí era absolutamente trascendente. Me envolvía una angustia paralizadora y era incapaz de pensar en cualquier otra cosa: trataba de imaginar qué implicarían los caminos disponibles ante mí, elaboraba enormes listas de pros y contras, lo hablaba con cualquier persona desafortunada que se cruzase en mi camino, soñaba con ello y cambiaba mis preferencias continuamente. Vivía sola y exclusivamente para la decisión.
Recuerdo claramente a mi madre diciéndome (en palabras aproximadas): «¿Pero qué más da? Elige algo y ya está. Te olvidas de los “¿y si?”. Simplemenete continúas el camino y te atienes a las consecuencias».
Para mí, en ese momento, aquello no tenía ningún tipo de sentido. ¿Cómo iba a poder restarle importancia? ¿Cómo iba a olvidarme de los y sis? Los y sis eran la clave: eran potencialidades, ventanas hacia posibles futuros; pero, en última instancia, aquello que podía salvarme entre una buena y mala vida. Dejar de darle vueltas al asunto quizás era un estoicismo sano, sí. Pero solo uno momentáneo; ahorrarte unos días -semanas- de angustia a costa del abandono de la poca agencia concedida.
Ayer, sin embargo, tuve que enfrentarme de nuevo a la toma de una decisión. Y, para mi sorpresa, me lo tomé de forma relajada. Era consciente de que mi elección produciría cambios en mi vida… ¿pero verdaderamente tantos? Mis aficciones permanecerían intactas; seguiría enfrentándome a los mismos problemas, a las mismas desigualdades estructurales; mis amigos y seres queridos continuarían siendo las personas tan maravillosas que son; seguirían haciéndome gracia los mismos chistes; no podré dejar jamás el trabajo.
No lo pensaba desde el pesimismo, por mucho que el tiempo haya limado mi horizonte de futuros imaginables. Puede que cada decisión no sea tan trascendente, pero eso no significa que el futuro sea monótomo o predecible. Yo no sabía que mudándome hace tres años iba a conocer a gente tan preciosa. No sabía que mientras me comía un campero me animarían a buscar el que ahora es mi trabajo. Tampoco sabía, mientras hacía una alegre videollamada para escoger una habitación de hostal, que en el camino nos embistiría con el coche un puto pijo. No sé cómo estaré o qué estaré haciendo dentro de dos años.
Pero si sé que (una vez más) mi madre tenía razón. Y que, en términos generales, la medida de nuestra agencia no es tan coincidente con las distintas respuestas que demos a una decisión concreta. Las decisiones que más importan son las pequeñas, la constancia del día a día; el mundo no se cambia solo pensando, sino construyendo.