Lo mejor del viento

digo (pero no mucho)

Hace unos días dediqué unas cinco horas a borrar aproximadamente el 98% de las fotos de mi galería (que, por algún motivo, comienza en 2014; no existe registro digital que acredite mi existencia no-vampírica antes de cumplir los quince años. Mi yo de esa época estaría contenta).

Ahora conservo aproximadamente cinco fotos al mes de todos estos años, que simplemente me ayudan a tener un registro somero de qué fue mi vida y a qué le conferí más atención. Se acabó la exhaustividad: adiós a las capturas de pantalla, a elegir en qué foto de siete salgo mejor, a las posibles comparaciones en la longitud y densidad de cabello, a fotos de monumentos con peor calidad de las que podría encontrar en internet, etc. (un larguísimo etcétera).

No sé si me arrepentiré, pero llevaba tiempo sin soportar la idea de que mis datos estuvieran ocupando espacio físico innecesario; pensando en los servidores recalentados, en los litros de agua para refrigerarlos, el consumo eléctrico masivo, en los residuos de todo el hardware ya desechado… Nada de lo que acumulo es tan importante. No se trata de un movimiento político (que dejen de contaminar las grandes empresas) o de una defensa espiritual del minimalismo digital; no, no se trata de nada serio. Es simplemente la sensación de malestar de pensar en la faceta espacio-temporal de aquello que guardo, de aquello que comparto en redes sociales (nada de lo que hago es tan importante). No querer hablar si no hay algo verdaderamente importante que compartir, ser consciente de que el silencio también es un decir, creer que hay muchas cosas importantes, repensar hasta qué punto tiene sentido expresar ciertas cosas en ciertos medios.

Entonces callo. Solo digo la mitad. No me expongo. Hago bromas. Le resto importancia. Todo lo expreso desde la ligereza, el vacío, la distancia. Haría anotaciones hasta en los pie de página, pero no siempre tiene sentido acumular palabras, teoría; en la vida, práctica (((no estoy de acuerdo con esta última distinción))).

Pero quiero, a la vez, que se perciba que lo que oculto me parece relevante. O, al menos, contribuir al hecho de que se perciba como tal. Que disfrute de las cosas no significa que no las cuestione, que no me dé cuenta de las contradicciones que habitamos, que todo me da igual.

Me gustaría que fuese universalmente reconocido que aprecio todo o casi todo. Que empatizo y observo. Que si en algún momento alguien se siente inseguro, hable conmigo: le haré una lista larga y sincera de mil y una cosas bonitas que tiene. Me interesan todas vuestras canciones, vuestros progresos, vuestras metas, me leería todos vuestros escritos, os escucharía mil horas. Pero tengo Instagram desinstalado la gran mayoría del tiempo y no suelo mirar mucho Whatsapp. No quiero tragarme tres anuncios cada vez que intento saber de vosotros o exponerme a contenido que me frustra y daña.

Antes pensaba que quería “vivir en el mundo”, pero este es el mundo. No puedo recibir un registro personalizado y descontaminado de todos vuestros avances públicos; no puedo quedar con todos vosotros en persona teniendo en cuenta el reducido tiempo libre que deja una jornada partida, teniendo en cuenta que estamos todos desperdigados por el mundo. Quiero vivir con todos vosotros en la misma casa, sin alquiler, y que me den igual vuestras manías y vuestros estándares de limpieza. Quiero derrochar asertividad positiva, responderos siempre, abrazaros, cuidaros. Pero las cosas no son así, así que: perdón (de veras lo siento). Aquí sí quiero mejorar.

Lo que no quiero es seguir mejorando en otras, continuar pensando tanto. Llevo ya unos meses en los que intento no preocuparme de lo que todavía no ha pasado, de no prestar demasiada atención a los detalles. De intentar dar por hecho que si alguien tiene un problema (conmigo o en general), lo expresará. De que si nadie está organizándole el cumpleaños a una persona lejana, no tengo por qué encargarme yo. Y que si al final se queda sin celebración, en ningún momento fue mi culpa, pese a haber podido prevenirlo.

No quiero educar, no quiero corregir; ya existen miles de aplicaciones que permiten poner alarmas como para tener que encargarme yo de recordar eventos. Porque en el tiempo que me estoy preocupando, que me estoy acordando de todo dato existente (que no tienen que utilizar miles de litros de agua para refrigerarme, metales raros desenterrados para hacerme funcionar), se libera espacio y tiempo.

Mi compañero de piso me dijo “pues no pienses y ya”, “no limpies”, “de verdad que no pasa nada”. Ojalá poder, pero solo pienso en lo problemático de generalizar esta experiencia al hecho de ser mujer (¡lo complejo y problemático del género!). Así que pienso (y quizás no hablo). Limpio mi cuarto. Limpio mi galería de imágenes.

Lo estoy intentando.