<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?><feed xmlns="http://www.w3.org/2005/Atom" xml:lang="es"><generator uri="https://jekyllrb.com/" version="3.10.0">Jekyll</generator><link href="/feed.xml" rel="self" type="application/atom+xml" /><link href="/" rel="alternate" type="text/html" hreflang="es" /><updated>2026-07-11T11:21:51+00:00</updated><id>/feed.xml</id><title type="html">Lo mejor del viento</title><subtitle>Cuando tengo tiempo, escribo cosas</subtitle><author><name>Marta</name></author><entry><title type="html">no hay forma correcta</title><link href="/no-hay-forma-correcta/" rel="alternate" type="text/html" title="no hay forma correcta" /><published>2026-07-11T00:00:00+00:00</published><updated>2026-07-11T00:00:00+00:00</updated><id>/no%20hay%20forma%20correcta</id><content type="html" xml:base="/no-hay-forma-correcta/"><![CDATA[<p>Hoy me he levantado pronto, contenta. He quedado con mis amigos para algo, no importa qué. Me doy cuenta de que tengo la cabeza completamente comida: a veces aflora, casi inconsciente, un extraño perfeccionismo que me hace preguntarme si toda acción que realizo es <em>buena</em> o <em>mala</em>. Pero no hay forma correcta de hacerse el desayuno, cállate. Compruebo si llevo las llaves y me dirijo a la parada de autobús.</p>

<p>Ahora vivo en las <em>afueras</em>. Nunca antes lo había hecho: durante mucho tiempo viví en un pueblo tan pequeño en el que ni siquiera existía ese concepto y, durante la universidad, compartí piso en habitaciones a las que nada le pillaba demasiado lejos. Pero ahora vivo un-poco-lejos-de-todo, en un barrio de cuatro calles donde no hay mucho que hacer (por eso puedo permitirme el alquiler). Y cada vez que cojo un bus para ir al centro me siento como en <em>Animal Crossing: Let’s Go to the City</em>.</p>

<p>Así que, sorprendentemente, he acabado cumpliendo uno de los deseos más recurrentes de mi infancia: vivir como en ese videojuego. Aunque no del todo. No tengo una casa en propiedad; eso puede que nunca llegue. Tom Nook, por favor, dame una hipoteca razonable. Te venderé todas las manzanas que haga falta. Aunque a veces pienso que la casa de mi casera es más mía que suya<sup id="fnref:1" role="doc-noteref"><a href="#fn:1" class="footnote" rel="footnote">1</a></sup>: yo soy la que está viviendo allí, la que invita a gente a casa, la que trabaja, la que duerme, la que llora, la que baila. Pero sé que no es cierto, porque algún día marcharé de ella para no regresar.</p>

<p>Ya en autobús, pienso que aunque vivamos en un mundo en el que no hay siempre una forma correcta de hacer las cosas, siento que mis amigos sorprendentemente encuentran la manera de hacerlas todas bien. No lo digo desde una perspectiva idealizada, obviamente se equivocan. Pero siento que sus equivocaciones son las mejores posibles. Querer es un sentimiento muy bonito. Puedo llegar a entender a la gente que, desde la embriaguez que produce, llegue a defender estupideces como que priorizar a tu pareja cisheterosexual-monógama es revolucionario. Porque yo, cuando pienso en lo mucho que quiero a la gente, de verdad que me siento capaz de todo. Así fue, de hecho, cómo conseguí hacer mi primera dominada.</p>

<p>El otro día una conocida nos dijo que hacíamos mucho drama en nuestro grupo de amigos cuando uno de nosotros se iba una temporada. ”Son solo tres semanas sin verlo”. Sí, ya lo sé. Y a veces son dos meses, no pasa nada. Pero son personas a las que quiero activamente en mi vida, me parece más raro fingir que su ausencia no importa. Creo que hemos asumido que solo hay determinadas relaciones cuya distancia merece una despedida solemne.</p>

<p>En <em>Dónde estás, mundo bello</em>, Sally Rooney se pregunta cómo es posible ver belleza en el mundo teniendo en cuenta el estado actual de las cosas. En una escena, una de sus protagonistas se siente culpable porque, incluso reconociéndose como una de las personas más privilegiadas del planeta, es incapaz de disfrutar su vida. Aunque me gustó el libro, tengo que reconocer que parto justo de la premisa contraria: ¿cómo soy capaz de disfrutar continuamente en un mundo tan oscuro? ¿Cómo puedo dejar de sentirme culpable por, pese a todo, ser tan feliz?</p>

<p>Supongo que me ayudaría creer en la meritocracia. A partir de ahí, quizás no me sería demasiado complicado creer que merezco todo lo que tengo (¿pero, más que otros? ¿por qué alguien no merecería lo básico? ¿qué es <em>lo básico</em>?). Al fin y al cabo, sí que es cierto que me he esforzado mucho (¿pero, más que otros? ¿no nos esforzamos todos, en alguna medida? ¿por qué tenemos que esforzarnos?). Pero luego pienso que es igual de problemático que desear ser religioso. Cerrar los ojos quizás hace que no veamos algunas cosas, pero terminaremos chocando con ellas igual.</p>

<p>Hoy he quedado con mis amigos y soy perfectamente consciente de que esto no se va a poder repetir indefinidamente. Algunos de ellos están ya pensando irse, otros acabarán haciéndolo. Yo misma me iré; después del doctorado no hay demasiadas formas de quedarse aquí (ni siquiera creo querer hacerlo). Fantaseo con volver a encontrarnos todos en alguna otra ciudad, a ser posible menos gentrificada. No creo que esto sea infantil, estoy cansada de que nos convenzan de que querer vivir cerca de la gente a la que queremos es una aspiración ingenua. No hay forma correcta de habitar el mundo.</p>

<p>No sé muy bien qué será de mí en algunos años. Puede que llegue un momento en el que también me pregunte dónde está ese mundo bello que ahora todavía consigo ver.</p>

<p>Pero he aprendido que el futuro no existe, así que ya se verá.</p>

<div class="footnotes" role="doc-endnotes">
  <ol>
    <li id="fn:1" role="doc-endnote">
      <p>Por si acaso este texto termina cayendo en los ojos equivocados: no te preocupes, sé que legalmente es tuya. No te la voy a okupar. No voy a colgar ningún cuadro. <a href="#fnref:1" class="reversefootnote" role="doc-backlink">&#8617;</a></p>
    </li>
  </ol>
</div>]]></content><author><name>Marta</name></author><category term="no-ficción" /><category term="pequeños escritos" /><summary type="html"><![CDATA[Hoy me he levantado pronto, contenta. He quedado con mis amigos para algo, no importa qué. Me doy cuenta de que tengo la cabeza completamente comida: a veces aflora, casi inconsciente, un extraño perfeccionismo que me hace preguntarme si toda acción que realizo es buena o mala. Pero no hay forma correcta de hacerse el desayuno, cállate. Compruebo si llevo las llaves y me dirijo a la parada de autobús.]]></summary></entry><entry><title type="html">Una lección que sí que he aprendido</title><link href="/Una-lecci%C3%B3n-que-s%C3%AD-he-aprendido/" rel="alternate" type="text/html" title="Una lección que sí que he aprendido" /><published>2025-12-18T00:00:00+00:00</published><updated>2025-12-18T00:00:00+00:00</updated><id>/Una%20lecci%C3%B3n%20que%20s%C3%AD%20he%20aprendido</id><content type="html" xml:base="/Una-lecci%C3%B3n-que-s%C3%AD-he-aprendido/"><![CDATA[<p>Recuerdo que, hace unos años, toda decisión para mí era <em>absolutamente trascendente</em>. Me envolvía una angustia paralizadora y era incapaz de pensar en cualquier otra cosa: trataba de imaginar qué implicarían los caminos disponibles ante mí, elaboraba enormes listas de pros y contras, lo hablaba con cualquier persona desafortunada que se cruzase en mi camino, soñaba con ello y cambiaba mis preferencias continuamente. <em>Vivía sola y exclusivamente para la decisión</em>.</p>

<p>Recuerdo claramente a mi madre diciéndome (en palabras aproximadas): «¿Pero qué más da? Elige algo y ya está. Te olvidas de los “¿y si?”. Simplemenete continúas el camino y te atienes a las consecuencias».</p>

<p>Para mí, en ese momento, aquello no tenía ningún tipo de sentido. ¿Cómo iba a poder restarle importancia? ¿Cómo iba a olvidarme de los <em>y sis</em>?  Los <em>y sis</em> eran la clave: eran potencialidades, ventanas hacia posibles futuros; pero, en última instancia, aquello que podía salvarme entre una <em>buena</em> y <em>mala</em> vida. Dejar de darle vueltas al asunto quizás era un estoicismo sano, sí. Pero solo uno momentáneo; ahorrarte unos días -semanas- de angustia a costa del abandono de la poca agencia concedida.</p>

<p>Ayer, sin embargo, tuve que enfrentarme de nuevo a la toma de una decisión. Y, para mi sorpresa, me lo tomé de forma relajada. Era consciente de que mi elección produciría cambios en mi vida… ¿pero verdaderamente tantos? Mis aficciones permanecerían intactas; seguiría enfrentándome a los mismos problemas, a las mismas desigualdades estructurales; mis amigos y seres queridos continuarían siendo las personas tan maravillosas que son; seguirían haciéndome gracia los mismos chistes; no podré dejar jamás el trabajo.</p>

<p>No lo pensaba desde el pesimismo, por mucho que el tiempo haya limado mi horizonte de futuros imaginables. Puede que cada decisión no sea <em>tan</em> trascendente, pero eso no significa que el futuro sea monótomo o predecible. Yo no sabía que mudándome hace tres años iba a conocer a gente tan preciosa. No sabía que mientras me comía un campero me animarían a buscar el que ahora es mi trabajo. Tampoco sabía, mientras hacía una alegre videollamada para escoger una habitación de hostal, que en el camino nos embistiría con el coche un puto pijo. No sé cómo estaré o qué estaré haciendo dentro de dos años.</p>

<p>Pero si sé que (una vez más) mi madre tenía razón. Y que, en términos generales, la medida de nuestra agencia no es tan coincidente con las distintas respuestas que demos a una decisión concreta. Las decisiones que más importan son las pequeñas, la constancia del día a día; el mundo no se cambia solo pensando, sino construyendo.</p>]]></content><author><name>Marta</name></author><category term="no-ficción" /><category term="pequeños escritos" /><summary type="html"><![CDATA[Recuerdo que, hace unos años, toda decisión para mí era absolutamente trascendente. Me envolvía una angustia paralizadora y era incapaz de pensar en cualquier otra cosa: trataba de imaginar qué implicarían los caminos disponibles ante mí, elaboraba enormes listas de pros y contras, lo hablaba con cualquier persona desafortunada que se cruzase en mi camino, soñaba con ello y cambiaba mis preferencias continuamente. Vivía sola y exclusivamente para la decisión.]]></summary></entry><entry><title type="html">digo (pero no mucho)</title><link href="/digo-(pero-no-mucho)/" rel="alternate" type="text/html" title="digo (pero no mucho)" /><published>2025-03-02T00:00:00+00:00</published><updated>2025-03-02T00:00:00+00:00</updated><id>/digo%20(pero%20no%20mucho)</id><content type="html" xml:base="/digo-(pero-no-mucho)/"><![CDATA[<p>Hace unos días dediqué unas cinco horas a borrar aproximadamente el 98% de las fotos de mi galería (que, por algún motivo, comienza en 2014; no existe registro digital que acredite mi existencia no-vampírica antes de cumplir los quince años. Mi yo de esa época estaría contenta).</p>

<p>Ahora conservo aproximadamente cinco fotos al mes de todos estos años, que simplemente me ayudan a tener un registro somero de qué fue mi vida y a qué le conferí más atención. Se acabó la exhaustividad: adiós a las capturas de pantalla, a elegir en qué foto de siete salgo mejor, a las posibles comparaciones en la longitud y densidad de cabello, a fotos de monumentos con peor calidad de las que podría encontrar en internet, etc. (un larguísimo etcétera).</p>

<p>No sé si me arrepentiré, pero llevaba tiempo sin soportar la idea de que mis datos estuvieran ocupando espacio físico innecesario; pensando en los servidores recalentados, en los litros de agua para refrigerarlos, el consumo eléctrico masivo, en los residuos de todo el hardware ya desechado… Nada de lo que acumulo es tan importante. No se trata de un movimiento político (que dejen de contaminar las grandes empresas) o de una defensa espiritual del minimalismo digital; no, no se trata de nada serio. Es simplemente la sensación de malestar de pensar en la faceta espacio-temporal de aquello que guardo, de aquello que comparto en redes sociales (nada de lo que hago es tan importante). No querer hablar si no hay algo verdaderamente importante que compartir, ser consciente de que el silencio también es un decir, creer que hay muchas cosas importantes, repensar hasta qué punto tiene sentido expresar ciertas cosas en ciertos medios.</p>

<p>Entonces callo. Solo digo la mitad. No me expongo. Hago bromas. Le resto importancia. Todo lo expreso desde la ligereza, el vacío, la distancia. Haría anotaciones hasta en los pie de página, pero no siempre tiene sentido acumular palabras, teoría; en la vida, práctica (((no estoy de acuerdo con esta última distinción))).</p>

<p>Pero quiero, a la vez, que se perciba que lo que oculto me parece relevante. O, al menos, contribuir al hecho de que se perciba como tal. Que disfrute de las cosas no significa que no las cuestione, que no me dé cuenta de las contradicciones que habitamos, que todo me da igual.</p>

<p>Me gustaría que fuese universalmente reconocido que aprecio todo o casi todo. Que empatizo y observo. Que si en algún momento alguien se siente inseguro, hable conmigo: le haré una lista larga y sincera de mil y una cosas bonitas que tiene. Me interesan todas vuestras canciones, vuestros progresos, vuestras metas, me leería todos vuestros escritos, os escucharía mil horas. Pero tengo Instagram desinstalado la gran mayoría del tiempo y no suelo mirar mucho Whatsapp. No quiero tragarme tres anuncios cada vez que intento saber de vosotros o exponerme a contenido que me frustra y daña.</p>

<p>Antes pensaba que quería “vivir en el mundo”, pero este es el mundo. No puedo recibir un registro personalizado y descontaminado de todos vuestros avances públicos; no puedo quedar con todos vosotros en persona teniendo en cuenta el reducido tiempo libre que deja una jornada partida, teniendo en cuenta que estamos todos desperdigados por el mundo. Quiero vivir con todos vosotros en la misma casa, sin alquiler, y que me den igual vuestras manías y vuestros estándares de limpieza. Quiero derrochar asertividad positiva, responderos siempre, abrazaros, cuidaros. Pero las cosas no son así, así que: perdón (de veras lo siento). Aquí sí quiero mejorar.</p>

<p>Lo que no quiero es seguir mejorando en otras, continuar pensando tanto. Llevo ya unos meses en los que intento no preocuparme de lo que todavía no ha pasado, de no prestar demasiada atención a los detalles. De intentar dar por hecho que si alguien tiene un problema (conmigo o en general), lo expresará. De que si nadie está organizándole el cumpleaños a una persona lejana, no tengo por qué encargarme yo. Y que si al final se queda sin celebración, en ningún momento fue mi culpa, pese a haber podido prevenirlo.</p>

<p>No quiero educar, no quiero corregir; ya existen miles de aplicaciones que permiten poner alarmas como para tener que encargarme yo de recordar eventos. Porque en el tiempo que me estoy preocupando, que me estoy acordando de todo dato existente (que no tienen que utilizar miles de litros de agua para refrigerarme, metales raros desenterrados para hacerme funcionar), se libera espacio y tiempo.</p>

<p>Mi compañero de piso me dijo “pues no pienses y ya”, “no limpies”, “de verdad que no pasa nada”. Ojalá poder, pero solo pienso en lo problemático de generalizar esta experiencia al hecho de ser mujer (¡lo complejo y problemático del género!). Así que pienso (y quizás no hablo). Limpio mi cuarto. Limpio mi galería de imágenes.</p>

<p>Lo estoy intentando.</p>]]></content><author><name>Marta</name></author><category term="no-ficción" /><summary type="html"><![CDATA[Hace unos días dediqué unas cinco horas a borrar aproximadamente el 98% de las fotos de mi galería (que, por algún motivo, comienza en 2014; no existe registro digital que acredite mi existencia no-vampírica antes de cumplir los quince años. Mi yo de esa época estaría contenta).]]></summary></entry><entry><title type="html">escenas</title><link href="/escenas/" rel="alternate" type="text/html" title="escenas" /><published>2025-02-05T00:00:00+00:00</published><updated>2025-02-05T00:00:00+00:00</updated><id>/escenas</id><content type="html" xml:base="/escenas/"><![CDATA[<h3 id="i">i.</h3>
<p>una vez encontré en un <em>reel</em> el comentario de un conocido diciéndole a una chica que si tenía algo de barriga no era porque su útero ocupase espacio, sino porque estaba «rellenita». pero que no pasaba nada; él también tenía algo de «chichita».</p>

<p>todo esto, además, tras varias intervenciones en las que le explicaba cómo funcionaba la anatomía femenina. y estuve a punto de escribirle por privado explicándole uqe no había comprendido sobre qué estaba hablando verdaderamente ella:</p>

<p>de todas las mujeres que adelgazan de forma compulsiva, se matan a hacer deporte y, pese a ello, siguen acumulando la poca grasa de su cuerpo (que de ninguna manera alcanza un porcentaje sano) en la zona de la barriga. y cómo, por culpa de ello, siguen recibiendo comentarios de que tal vez deberían adelgazar, que no están lo suficientemente delgadas, que no son lo suficientemente atractivas, lo suficientemente válidas como para permitirse preocuparse por absolutamente nada más.</p>

<p>así que sí; el <em>reel</em> tenía razón: es normal que la composición de tu cuerpo te impida no ser todo lo canónica que te gustaría (<em>te exigen</em>), y da igual si es «porque tienes útero» o porque cada persona acumula la grasa de una forma diferente. y que su «chichilla», insignificante, no era en absoluto comparable. porque la de ella, estéticamente insignificante -casi imperceptible- <em>no</em> era socialmente insignificante.</p>

<p>así que, para eso, mejor no escribir nada. <em>cállate</em>. pero no le terminé diciendo nada para no quedar de loca.</p>

<h3 id="ii">ii.</h3>

<p>una vez, hace ya mucho tiempo, mientras paseaba con un ex, me dijo muy dramáticamente que «él no quería consumir cosas, sino crearlas». estaba triste porque no le habían dejado dar una charla de divulgación en la uni. o porque no quería apuntarse al MAES. o porque nadie estaba escuchando su nuevo pódcast (ya no me acuerdo).</p>

<p>yo cumplí con el papel que se espera de una joven de 19 años (escuchar, consolar y educar a su novio), pero se rompió inmediatamente algo en mí. porque nunca había escuchado algo parecido en boca de una amiga y todas ellas eran (son) híper talentosas, mucho más que él.</p>

<p>aunque querían también escribir libros, componer música, protagonizar películas y encontrar la cura al cáncer, ninguna de ellas sentía de una forma tan rotunda que tuvieran <em>derecho</em> a sus sueños, puesto que sus obligaciones ya les robaban demasiado tiempo.</p>

<p>pero bueno, todo tiene su parte positiva: hemos asumido todas más fácilmente que dentro del capitalismo tampoco es que tengamos mucha posibilidad de reinventarnos.</p>

<h3 id="iii">iii.</h3>

<p>una vez, para un trabajo de clase en el que tenía que encontrar argumentos falaces, estuve buscando hilos en twitter (x) de conocidos anti-feministas. me enredé entre palabras desgarradoras en las que se notaba un profundo odio hacia las mujeres: generalizaciones y culpabilizaciones que, sin embargo, tocaban problemáticas reales a las que ellos mismos se enfrentaban. <em>la soledad de los incels</em>.</p>

<p>ya había pensado mucho sobre ello: había seguido subreddits, canales de youtube e incluso tenía una cuenta secreta en forocohes. per aun así me abrumó la desesperación de tantos hombres, pensando en lo fácil que es caer ahí.</p>

<p>me acordé de mis amigos masculinos que, gracias a nuestra paciencia, habían abandonado muchos comportamientos problemáticos (no es que estuviéramos ahí para salvarlos, simplemente los escuchamos). me dio pena pensar que quizás alguno de ellos, por culpa de no haber socializado lo suficiente con mujeres en el pasado, nunca pudiera ser aguantado por una de ellas a nivel romántico: no apetece explicar nociones básicas de feminismo (o decencia) a alguien que ya roza los treinta años. ¡qué importante es dar ciertos pasos a tiempo!</p>

<p>pero súbitamente dejó de importarme, porque no es imprescindible tener pareja y, al final, yo también había tenido que renunciar a ciertas cosas que la sociedad me había vendido en la infancia como básicas: tener coche propio, una casa, respirar aire no contaminado, no tener que compartir piso con cuatro personas, tiempo libre…</p>

<p>¡malditas comedias románticas!</p>]]></content><author><name>Marta</name></author><category term="no-ficción" /><summary type="html"><![CDATA[i. una vez encontré en un reel el comentario de un conocido diciéndole a una chica que si tenía algo de barriga no era porque su útero ocupase espacio, sino porque estaba «rellenita». pero que no pasaba nada; él también tenía algo de «chichita».]]></summary></entry><entry><title type="html">en el bus</title><link href="/en-el-bus/" rel="alternate" type="text/html" title="en el bus" /><published>2023-09-22T00:00:00+00:00</published><updated>2023-09-22T00:00:00+00:00</updated><id>/en%20el%20bus</id><content type="html" xml:base="/en-el-bus/"><![CDATA[<p>Llevo viviendo en este mundo veinticuatro años, así que evidentemente me cabrean sus estupideces. Pero que también tenga uqe pasar por ellas mi hermana me cabrea <em>muchísimo más</em>. Sé que son «eventos canónicos», que hay algunas hostias que una tiene que llevarse si quiere adaptarse a cómo funcionan las cosas en la «vida real». Pero <em>¿por qué tienen que funcionar así?</em></p>

<p>Mi verdadero sueño habría sido nacer hombre en una familia tradicional. Estoy pensando en una madre que trata distinto a su descendencia en función del género. Se limitaría a presionar a mi hermana (a la que yo siempre mencionaría cuando me acusasen de machista), mientras que a mí me dedicaría cumplidos («es que es <em>tan</em> bueno») y me recordaría la importancia del descanso. Me habría gustado no plantearme si es ético o no que mi madre se encargase de absolutamente todo en casa después de volver de una jornada laboral de ocho horas. De esta forma, habría vivido de ella hasta poder vivir de mi esposa, con la que además se llevaría fatal por haberle robado a su precioso angelito. Precisamente eso: si me preguntasen qué es lo que me gustaría haber sido en otra vida, diría que <em>un angelito</em>.</p>

<p>Un angelito que no hace absolutamente nada, que tiene permitido pedir un tiempo «de tranquilidad» en el que no se responsabiliza de la gente porque le molestan los sentimientos ajenos. Un angelito que tiene derecho a disfrutar de su tiempo libre en un grupo de música mediocre en el que toa la guitarra y canta (aunque la mejor voz la tenga otro). Al que no le dejan limpiar porque lo hace demasiado mal y es más fácil que se encargue otra que ir corrigiéndole los errores. Un angelito al que sus profesores tienen manía y que nunca tiene la culpa de nada.</p>

<p>Uno al que le huele la polla porque piensa que sacudírsela un poco después de mear es suficiente. Y que su novia nunca se lo diga al comérsela porque genuinamente se siente afortunada de estar con él. Al final, tampoco está tan mal: se ducha, es divertido, tranquilo, hace deporte, tiene estudios, viste aceptable, va a hacer la compra (si le dan la lista ya hecha), le hace un mínimo de caso cuando habla y suele preguntarle si se ha corrido.</p>

<p>Pero no. Soy mujer. Una mujer con sentido de la responsabilidad que se carga con más de lo que puede. Así que en vez de vivir de la gente he tenido que convertirme en una enciclopedia andante con múltiples talentos. He tenido que aprender a ser una persona lo suficientemente culta como para que (a veces) me hagan caso. A ser funcional con un dolor horrible de ovarios. A controlar mis impulsos cuando tengo que aguantar a un señor que cobra muchísimo sin apenas hacer nada me diga «te iba a gastar una broma, pero mejor no, con esa cara de seria que me traes…» y no poder hacer nada porque ninguno de los hombres de la habitación ve en esos comentarios algo malo.</p>

<p>Soy experta en realizar todo tipo de trámites burocráticos, en saber consolar a mis amigas cuando tienen problemas y en hacer que hombres inútiles se sientan cómodos para abrirse emocionalmente. En arreglar cosas muy antiguas que se rompen y que no tengo dinero para reemplazar. En general, soy experta en hacerlo todo sola, de manera autosuficiente, ya que no puedo molestar.</p>

<p>Un señor estúpido al que no voy a hacer publicidad comentó una vez que lo más maravilloso de nuestro momento histórico es que toda la información está al alcance de nuestra mano: con videotutoriales de Youtube y cursos online uno puede aprender <em>lo que sea</em>. Pero es que a lo mejor estoy cansada de que lo que aprendo sea a cargarme con más responsabilidades. A lo mejor quiero desenvolverme en pautas controladas, dedicarme a algún oficio concreto (sin temor a que quede obsoleto) y permitirme descansar. A lo mejor lo que quiero es ser una completa inútil, ya que parece que no serlo no me beneficia a mí, sino al sistema.</p>

<p>Así que ya estamos moviendo el culo todos, porque aunque yo haya pasado por esto, no quiero que mi hermana tenga que hacerlo.</p>]]></content><author><name>Marta</name></author><category term="no-ficción" /><summary type="html"><![CDATA[Llevo viviendo en este mundo veinticuatro años, así que evidentemente me cabrean sus estupideces. Pero que también tenga uqe pasar por ellas mi hermana me cabrea muchísimo más. Sé que son «eventos canónicos», que hay algunas hostias que una tiene que llevarse si quiere adaptarse a cómo funcionan las cosas en la «vida real». Pero ¿por qué tienen que funcionar así?]]></summary></entry><entry><title type="html">del sonido</title><link href="/del-sonido/" rel="alternate" type="text/html" title="del sonido" /><published>2021-03-13T00:00:00+00:00</published><updated>2021-03-13T00:00:00+00:00</updated><id>/del%20sonido</id><content type="html" xml:base="/del-sonido/"><![CDATA[<p>«—Hay distintos grados de silencio, pero ninguno de ellos absoluto. ¿Que cuál es mi favorito?</p>

<p>Me gustaría llamarlo <em>silencio activo</em>. Aquel de las cosas que pasan, del mundo sintiéndose vivo; pero, al fin y al cabo, silencio, puesto que no repara en tu existencia ni interactúa contigo.</p>

<p>En él se encuentra el sonido de unas pisadas que se dirigen rápidamente a su destino, una persiana levantándose, el ruido que hace la escoba arrastrando el tiempo, el canto de los pájaros y el mecerse del viento. También el tráfico lejano y hasta el de las máquinas que limpian las calles.</p>

<p>Porque entonces el movimiento no aparece como la negación del silencio en un sentido físico, sino como su afirmación constituyente. Es apostar por aquel que acompaña lo cotidiano: dejémonos de abstracciones y vivamos en el mundo (¡como si pudiéramos hacer otra cosa!). Solo así podremos sumarnos —con convicción firme— a una parte más del ruido».</p>]]></content><author><name>Marta</name></author><category term="pequeños escritos" /><category term="ficción" /><summary type="html"><![CDATA[«—Hay distintos grados de silencio, pero ninguno de ellos absoluto. ¿Que cuál es mi favorito?]]></summary></entry><entry><title type="html">despedidas</title><link href="/despedidas/" rel="alternate" type="text/html" title="despedidas" /><published>2020-08-30T00:00:00+00:00</published><updated>2020-08-30T00:00:00+00:00</updated><id>/despedidas</id><content type="html" xml:base="/despedidas/"><![CDATA[<p>Una vez más, se encontraba delante de <em>aquel</em> vehículo. ¿Avión, barco, metro, bicicleta, máquina de vapor? ¡Qué importaba! Seguía siendo lo mismo desde el otro lado.</p>

<p>Las dos caras de una misma moneda. Uno de ellos continuaba su viaje. Tras un apretón de manos, un beso o un abrazo, se introducía en el medio de transporte oportuno. El otro comenzaba siendo un mero espectador. Observaba el movimiento sin formar parte de él. Lo que antes se encontraba unido, ahora se aleja. Y él quieto, muy quieto. Incluso cuando regresa siente la ausencia: ¿ha existido desplazamiento, si uno vuelve a la posición de partida?</p>

<p>Su viaje ha terminado antes de empezar, pero la situación no es la misma. Su casa no es la misma. Ni siquiera las sábanas huelen igual. Entonces entiende que, si no puede volver a lo que antes era, también ha avanzado. ¿Por qué cuesta, entonces, tanto?</p>

<p>«Esta vez quería estar al lado de los más fuertes, al lado de los que se marchan».</p>

<p>— <em>Peter Stamm, <u>En jardines ajenos</u></em>.</p>]]></content><author><name>Marta</name></author><category term="pequeños escritos" /><category term="ficción" /><summary type="html"><![CDATA[Una vez más, se encontraba delante de aquel vehículo. ¿Avión, barco, metro, bicicleta, máquina de vapor? ¡Qué importaba! Seguía siendo lo mismo desde el otro lado.]]></summary></entry><entry><title type="html">IV. Celeste desde Sofía (o viceversa)</title><link href="/IV.-Celeste-desde-Sof%C3%ADa-(o-viceversa)/" rel="alternate" type="text/html" title="IV. Celeste desde Sofía (o viceversa)" /><published>2020-08-19T00:00:00+00:00</published><updated>2020-08-19T00:00:00+00:00</updated><id>/IV.%20Celeste%20desde%20Sof%C3%ADa%20(o%20viceversa)</id><content type="html" xml:base="/IV.-Celeste-desde-Sof%C3%ADa-(o-viceversa)/"><![CDATA[<p>Son las siete y media de la tarde cuando llega el metro a mi parada. El vagón se encuentra prácticamente vacío y no me extraña: acaba de comenzar la reducida franja horaria en la que el calor del verano puede tolerarse. Sonrío al imaginarme el desparrame vital sobre las calles de la ciudad; una ardiente manifestación de la consonancia humana, que con sus risas, gritos, pisadas y palabras conforma el <em>desafinado</em> ruido que la multitud emana.</p>

<p>Las paradas se suceden con una rapidez que percibo hasta violenta. ¡Dejad de robar mi tiempo! Recuerdo inesperadamente que fue en una de ellas donde nos vimos por primera vez, hace más de dos años. Entonces te despediste con un ademán desganado, como si la certeza de que pronto volveríamos a vernos desconviniera un gesto más cuidado.</p>

<p>Antes aseguraba haberte conocido justo cuando fue necesario. Me encontraba en un momento caracterizado por El Cambio: había decidido romper todos los muros inconexos que me habían impuesto, atreviéndome a mirar -por primera vez en mi vida- por encima de ellos, y lo desconocido me tentaba de una forma considerable. Quería redescubrir el mundo y qué mejor para ello que tus ideas.</p>

<p>No había oído de ti cosas buenas. Quienes habían tratado contigo te consideraban una persona alejada de lo convencional, de lo comprensible, de lo adecuado: «¡es <em>demasiado</em> ruidosa!», «¡es <em>demasiado</em> despreocupada e intensa!», «¡es <em>demasiado</em> brusca, destartalada; me da vergüenza que me vean con ella!». Por compasión o por curiosidad, comencé a interesarme en ti, encontrando tu desenfrenada autenticidad verdaderamente encantadora.</p>

<p>Quizás desde un excesivo paternalismo -de ello ahora me doy cuenta- comencé a introducirte en mi redefinida realidad, a hacerte partícipe de mis inquietudes e ideales, a querer conocer tu forma de percibir todo aquello que te rodeaba. Aunque me doliera y me siga doliendo, tengo que reconocer que desde el principio comprendí aquel rechazo que frecuentemente causabas. Ponías excesivo empeño en diferenciarte de los demás; odiabas con demasiada fuerza lo ordinario: ¡eras tú la que había comenzado la guerra y no parecías darte cuenta! Sin embargo, esta faceta tuya no me molestó nunca. Pese a tus errores, pese a tus sinsentidos, no dejabas de fascinarme. De una forma consciente y abatida, siempre deseé amarte.</p>

<p>Pero mi deseo nunca se vio satisfecho y llegó un punto en el que no pudiste sino recriminármelo. Considerabas que había estado jugando contigo todo este tiempo. No con mi actitud, no con mis palabras: con mi propia personalidad. ¡Cómo había podido ser tan perfecta para ti y, aun así, no querer nada más! Estabas segura de que yo también me había dado cuenta.</p>

<p>Entonces y, muy a mi pesar, comenzaste a cambiar. Quizás con la intención de romper nuestra perfecta sincronía, quizás para no poder reprobarme nada. Pero, para romper tu dolor, me rompiste. Abandonaste tu amabilidad y comenzaste a tratarme como si no fuera más que otra cosa ordinaria, como si me estuvieras haciendo un favor simplemente por seguir manteniendo el contacto. En ese momento consideré que no podía molestarme contigo.</p>

<p>Con el paso del tiempo, nos fuimos alejando. Yo dejé de desear quererte. Dejé de echármelo en cara. Pero nunca dejé de guardarte un profundo cariño, pues quizás solo nos faltaba madurar. Quizás, después de todo, no se tratase del momento adecuado.</p>

<p>Seguramente no vuelva a acordarme de ti hasta dentro de varios años, pero espero que los que permanecen a tu alrededor te tengan presente con la desorbitada intensidad que te mereces. Que las personas como tú, inadecuadamente auténticas, no terminen nunca olvidándose. ¡Que nunca desaparezcan!</p>]]></content><author><name>Marta</name></author><category term="ficción" /><category term="pequeños escritos" /><summary type="html"><![CDATA[Son las siete y media de la tarde cuando llega el metro a mi parada. El vagón se encuentra prácticamente vacío y no me extraña: acaba de comenzar la reducida franja horaria en la que el calor del verano puede tolerarse. Sonrío al imaginarme el desparrame vital sobre las calles de la ciudad; una ardiente manifestación de la consonancia humana, que con sus risas, gritos, pisadas y palabras conforma el desafinado ruido que la multitud emana.]]></summary></entry><entry><title type="html">III. Américo, circunspecto y constante</title><link href="/III.-Am%C3%A9rico,-circunspecto-y-constante/" rel="alternate" type="text/html" title="III. Américo, circunspecto y constante" /><published>2020-05-08T00:00:00+00:00</published><updated>2020-05-08T00:00:00+00:00</updated><id>/III.%20Am%C3%A9rico,%20circunspecto%20y%20constante</id><content type="html" xml:base="/III.-Am%C3%A9rico,-circunspecto-y-constante/"><![CDATA[<p>¿Qué porcentaje del universo desconocemos desconocer, frente al que creemos conocer y, sorprendentemente, conocemos? Somos una minúscula gota de polvo en nuestras ciudades, átomos planetarios, contradicciones andantes. Existimos de forma indolente: inapreciables e irrelevantes a gran escala, molestos e inútiles para nuestros semejantes. Pese a todo, ignoramos los porqués hasta en el ámbito más cercano.</p>

<p>El misterio de lo humano: aunque inmediato, inescrutable. Un complejo enigma que se ha tratado de descifrar durante largos años y cortas vidas. Pero la existencia es mucho más que una incógnita: es incesable movimiento. Pasan los coches, pasan las ciudades, pasa el tiempo. Todos formamos parte de la misma vorágine, repleta de acciones, repleta de historias, repleta de vida. Son muchas nuestras diferencias, algunas de ellas irreconciliables, pero minúsculas en la distancia. ¿Serían capaces de diferenciarnos los habitantes de otra galaxia?</p>

<p>Todos perfectamente imperfectos; llenos de contradicciones e hipocresía, duda y miedo, muerte y vida; en búsqueda de una felicidad idealizada y en ocasiones problemática, en búsqueda de propósito y sentido. No se pueden establecer jerarquías en la fugacidad y el tránsito: nos limitamos a tratar de encauzar los segundos <em>impautados</em> que se nos han dado sin premeditación ni reclamo.</p>

<p>No se pueden establecer jerarquías, pero una cosa sí está clara: Américo era un hombre superior a la media.</p>

<p>En los días buenos era capaz de lograr lo completamente impensable por el resto de los mortales. Se levantaba cuando el Sol todavía jugaba al escondite, se preparaba el desayuno y salía de la casa con la firme pretensión de no volver hasta haber hecho del mundo un lugar mejor. Nunca había incumplido su propósito.</p>

<p>Sin embargo, es importante remarcar aquello de días <em>buenos</em>. Américo era una persona metódica, prudente y, en ocasiones, demasiado mecánica. Consideraba que los principios eran lo más importante. Nunca temió las hojas en blanco, pero se preparaba durante horas antes de atreverse a escribir la primera palabra. Equiparaba las primeras horas de sus días a los axiomas lógicos: ¿de qué sirve un buen razonamiento si se ha partido de premisas falsas? Si uno comenzaba con buen pie, el resto de acciones sucedían con una alegre inercia. Para <em>vencer al dragón</em> lo más importante no es el entrenamiento previo (que no despreciaba en ningún momento), sino un preciso despertar: con la alarma en minuto primo; apoyando primero en el suelo el pie contrario al día anterior; abrir primero la ventana derecha, luego la izquierda; poner música alegre, pero algo ausente; vestirse con la ropa elegida la noche anterior, y hacer la cama. Rutina simple, pero completamente necesaria.</p>

<p>En ocasiones, sin embargo, esto no le era posible. Hoy, por ejemplo, se había despertado algo antes de lo planeado. Miró la hora en su teléfono móvil: las seis y <em>cuarenta y dos</em>. ¿Pero qué clase de momento era aquel para desvelarse. Una burla de la realidad. Salió de la cama molesto, sin siquiera reparar qué pie apoyaba en el suelo primero.</p>

<p>Sorprendentemente, hoy no le importaba. INtentó forzarse a cumplir con los elementos de su lista: «Américo, por favor -se dijo- no continúes por ese camino. Sabes perfectamente a lo que te lleva: a la desgana y la apatía, ¡terminarás desperdiciando todo el día! ¡Américo, te lo ruego! No te hagas esto». Sin embargo, no se encontraba con el ánimo adecuado como para que aquello le apenase. Se dirigió directamente a la cocina, autocompadeciéndose. ¡Qué estúpido, qué tonto era! ¡Qué mal no poder hacer nada para remediarlo! Eran las 7:03 cuando terminó de prepararse las tortitas que desayunaría aquella mañana y ya sabía que no haría nada provechoso aquel día. Mañana sería un día completamente distinto. Ya continuaría entonces arreglando el mundo (y así lo hizo).</p>

<p>Américo era un hombre verdaderamente admirable, pero en ocasiones fallaba. La reafirmación de su condición humana.</p>]]></content><author><name>Marta</name></author><category term="pequeños escritos" /><summary type="html"><![CDATA[¿Qué porcentaje del universo desconocemos desconocer, frente al que creemos conocer y, sorprendentemente, conocemos? Somos una minúscula gota de polvo en nuestras ciudades, átomos planetarios, contradicciones andantes. Existimos de forma indolente: inapreciables e irrelevantes a gran escala, molestos e inútiles para nuestros semejantes. Pese a todo, ignoramos los porqués hasta en el ámbito más cercano.]]></summary></entry><entry><title type="html">II. tamaños y formas</title><link href="/II.-tama%C3%B1os-y-formas/" rel="alternate" type="text/html" title="II. tamaños y formas" /><published>2020-04-26T00:00:00+00:00</published><updated>2020-04-26T00:00:00+00:00</updated><id>/II.%20tama%C3%B1os%20y%20formas</id><content type="html" xml:base="/II.-tama%C3%B1os-y-formas/"><![CDATA[<p>Gregorio había nacido en una casa minúscula, diminuta; fragorosa e inconveniente; desaliñada, pero eternamente impoluta, pues no había espacio ni para <em>femtoscópicas</em> pelusas. Palabras superpuestas, silencios meditabundos y ausentes, olores públicos. Todo un fenómeno físico: nunca se había visto más vida por centímetro cúbico.</p>

<p>Creció en una masa abigarrada y estridente, que aun así permanecía unida como amalgama inalterable: cuando quiso darse cuenta, ya le habían construido. No había tiempo para crear mentiras, pero tampoco verdades; así vivían en un presente ficticio y diletante, alejado del mundo ajeno, pero creando otro igual de <em>incompleto</em> e <em>inconsistente</em>. Gregorio callaba y reía, callaba y amaba, callaba y soñaba con su futura huida.</p>

<p>La primera decisión que tomó por sí mismo fue la independencia: marchó, mucho más joven que otros, con tan solo sus recuerdos y un par de calcetines. Perdió la cuenta de todos los caminos que había recorrido en su intento de distanciarse de la amabilidad y de la tormenta. Buscó el silencio, el más puro silencio, pues solo entonces oiría su propia voz, que durante tanto tiempo había permanecido poderosamente unida a la de los demás.</p>

<p>Gregorio murió en una casa gigantesca, encopetada; espaciosa y desguarnecida; metódica, pero eternamente descuidada, pues no tenía tiempo —ni personas— para mantenerla. Soledades polifacéticas, incesantes apatía e indolencia, individualidad extendidad. Todo un logro, verdaderamente: se extinguió habiendo cumplido su más íntimo sueño.</p>]]></content><author><name>Marta</name></author><category term="ficción" /><category term="pequeños escritos" /><summary type="html"><![CDATA[Gregorio había nacido en una casa minúscula, diminuta; fragorosa e inconveniente; desaliñada, pero eternamente impoluta, pues no había espacio ni para femtoscópicas pelusas. Palabras superpuestas, silencios meditabundos y ausentes, olores públicos. Todo un fenómeno físico: nunca se había visto más vida por centímetro cúbico.]]></summary></entry></feed>